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Día sin carro, día sin inodoro


By: Emilio Sardi*
No requiere mayor agudeza entender que la movilidad es un servicio público esencial que determina en buena medida la competitividad de una ciudad y el bienestar de sus habitantes. Por eso, los caleños aspiraríamos a que la Administración Municipal considerara que una de sus principales prioridades -si no la principal- es la mejora de la movilidad urbana. Lamentablemente, el continuo y rápido deterioro de esta durante el último par de años muestra que otro ha sido el caso.

Son numerosas las actuaciones de esta Administración que han contribuido a ese deterioro. Desde la persistencia en la torpeza de reducir la Avenida 2ª Norte para construir un ‘parque’ al que nadie va a ir a que lo asalten, hasta la monumental congestión generada en la Avenida Cañas Gordas por el capricho de las ciclorrutas. Desde la instalación de unos palos, dizque para ‘mejorar la geometría de las vías’, que generan represamientos y accidentes donde los han puesto, hasta el cierre de la intersección a desnivel de la carrera 1ª con calle 26, para generar una absurda intersección semaforizada entre esas dos vías. Desde la construcción a través de la ciudad de incontables ilegales ‘policías acostados’ hasta la amenaza de estrechar 192 kilómetros de vías arterias para construir ciclorrutas. Pareciera que no pudieran tomar decisión alguna que no fuera dirigida a dañar la movilidad de los caleños.

Como si lo anterior fuera poco, ahora se ha tomado la absurda decisión de imponerles a los caleños un ‘día sin carro’ en el tercer sábado de este mes. En una ciudad con más de 700.000 vehículos registrados, esto implica afectar seriamente la vida y el derecho al uso de los vehículos de su propiedad de mucho más de la mitad de la población. ¡En un día que las familias usan para ponerse al día en las diligencias que no han podido adelantar durante la semana por atender sus obligaciones laborales o escolares!

Para justificar este atropello, el secretario de Inmovilidad de Cali ha afirmado que “este ejercicio del día sábado que implica un sacrificio de todas las personas en pro del medio ambiente, en pro de promover medidas (sic) alternativas de transporte, es un llamado a la conciencia ciudadana de que los vehículos son los principales emisores de material contaminante del aire y debemos concientizarnos de la importancia del uso racional del mismo (sic)”.

La verdad es que los objetivos reales de esta imposición son darle gusto al puñado de teóricos que odian a los automóviles y, sobre todo, dar la impresión de que el Gobierno Municipal está interesado en mejorar las condiciones ambientales de Cali ocupándose en un día -y por cuenta de la ciudadanía- de lo que olvida en los otros 364.

Los problemas de movilidad de Cali nacen de la carencia de un sistema de transporte masivo eficiente, de la ausencia de autoridad para hacer respetar las normas de tráfico y de convivencia, y de la falta de una planeación urbana adecuada que proyecte nuevas vías con especificaciones adecuadas y flujos bien diseñados. Pero para unos pocos fundamentalistas, el causante de todo es el carro. Como Mao cuando mandó a destruir todos los libros, ellos quisieran que los carros desaparecieran. Y a esos fundamentalistas les dan gusto en su guerra contra los automotores con este día. ¡Ojalá el día de mañana no les dé a esos iluminados por eliminar la contaminación de nuestros ríos decretando los días sin inodoro!

Tomado de El País

El Poder de la Decencia



Por: Óscar López Pulecio

La carrera profesional de Sergio Fajardo se hizo en los campus universitarios pero su carrera política se hizo en las calles. Por 18 años ha recorrido a pie ciudades y pueblos de Antioquia primero y de Colombia luego, escuchando a la gente y diciendo cosas muy sencillas: que hay que participar en política, porque si uno no hace la política, la política se la hacen a uno, marcando para mal toda la vida cotidiana. Y que la política que hay que hacer debe estar basada en la transparencia en el manejo de lo público, sin transacciones clientelistas con los políticos, teniendo como centro la educación entendida en un sentido amplio como formación, ciencia, tecnología, innovación, emprendimiento y cultura, con participación comunitaria, dignificando al ciudadano y generando confianza en la gestión pública para que haya esperanza en el futuro.

Algo tiene que haber en ese mensaje que llevó a Fajardo y a su movimiento Compromiso Ciudadano a manejar la Alcaldía de Medellín y la Gobernación de Antioquia, lo cual lo catapultó a ser candidato a la vicepresidencia del Partido Verde en 2010 y hoy lo tiene como el candidato más opcionado a ocupar la Presidencia de la República. Nada mejor para conocer sus principios y acciones que la lectura de 'El Poder de la Decencia' editado por Planeta, una corta autobiografía de su vida pública, que ha sido una tarea de realizaciones sociales y pugnas contra los caciques políticos que han reaccionado con duros ataques, porque los ha derrotado acudiendo a la gente, sin intermediarios, a proponer sus ideas que ha llevado limpiamente a la práctica como gobernante.

A Fajardo lo obsesiona la idea de la desigualdad social, que no mira desde los ojos del resentimiento sino del privilegio porque nació del lado del muro de los afortunados, hijo de un prestigioso arquitecto, educado en la Universidad de los Andes, con doctorado en matemáticas de la Universidad de Wisconsin. El más improbable material para un político.
Cree que esa desigualdad sólo se vence con la educación pero que todo conspira para que eso suceda por el corrupto entorno político que impide el desarrollo. Es la corrupción el enemigo a vencer.

Los lemas Fajardo tienen la forma de pequeños axiomas matemáticos: “Todo lo que es posible hacer pasa por la política, luego hay que cambiar la política”. “La forma como se llega al poder, determina cómo se gobierna”. “No compramos un voto, por tanto no le debemos nada a nadie”. “Los recursos públicos son sagrados”. “Caminamos, escuchamos, explicamos con la piel, el corazón y el cerebro”. “La confianza se construye con la coherencia entre los principios y la acción”. “Son los medios los que justifican el fin”. Es un credo sólido para una sociedad laica, el planteamiento de una ética civil para una sociedad que está al menos obligada a creer en sí misma y en los dirigentes que le inspiren confianza, como éste. De allí su rechazo a coaliciones políticas que no se ajustan a sus principios.

Como todo debe tener una explicación, puede ensayarse la teoría de que el éxito político de Sergio Fajardo se debe a que en la opinión pública el tema de la lucha contra la subversión que ha dominado la agenda política por 16 años, fue desplazado por el de la lucha contra la corrupción nacida del manejo político. Y que él tiene, por sus antecedentes de decencia, las credenciales para adelantarla.

Contra el fanatismo



By. Paola Guevara *

Dan Kahan, profesor de derecho de Yale, presentó datos estadísticos sobre calentamiento global a un grupo de personas. Al final del ejercicio, los que creían que el calentamiento global es una realidad quedaron aún más convencidos de su postura. Y los que creían todo lo contrario, que el calentamiento global era una farsa, quedaron aún más convencidos de su postura. 

Lo que demostró este ejecicio -que trae a colación el premio Nobel de economía Jean Tirole en su libro ‘La economía del bien común’-, es que todos portamos un sesgo cognitivo, y buscamos confirmarlo a como dé lugar, prescindiendo de los hechos. 

“Interpretamos los hechos a través del prisma de nuestras creencias (...). Buscamos la compañía de personas que nos confirman nuestras creencias y, por tanto, nos empecinamos en ellas, ya sean correctas o erróneas”, se queja el Nobel.

El uso que damos a las redes sociales ahonda ese fanatismo, lo magnifica no solo en Colombia sino en el mundo entero. Porque nunca, como en esta era, fue tan fácil sustraerse al imperio de los hechos y al argumento del contradictor. Hoy seleccionamos los artículos, los portales, los amigos, los chats y hasta las falsas noticias que refuercen nuestra creencia base. 

Radicalizarnos e indignarnos, además, nos provee una descarga de adrenalina adictiva, una ficción de posesión de la verdad dulce para el ego y, sobre todo, una autoimagen rápida y halagadora que no exige prueba para ser presentada al universo validador de las redes. Basta ver los artículos que la gente comparte, para comprobarlo. 

Sorprende que, sin correlación con su nivel de escolaridad, las personas compartan sin sonrojo los artículos más traídos de los cabellos, los más delirantes y paranoides, de los portales más espúreos posibles, artículos que al abrirlos solo contienen una afirmación demencial no atribuida a nadie, e inflada con el helio de las conjeturas. Pero, como ese pseudo artículo refuerza una postura previa, el fanatizado le otorga su validación automática. 

La degradación es inminente. Facebook se volvió el hogar de los memes, las frases hechas y los videos que suplantan nuestra voz. Twitter, el nicho de la gente más peligrosa: la que está totalmente segura de todo lo que piensa. La inducción al error está a la orden del día, con graves consecuencias sobre nuestras decisiones políticas. 

Pero también allí hay una oportunidad para los medios. La verdad es el nuevo lujo. La credibilidad es el nuevo lujo. Un lujo por el que habrá que pagar, como se paga por Netflix.

TOMADO DE: Elpais.com.co

Los mismos con las mismas


By MIKY CALERO*

Suelo en las tardes después de llegar del estudio, caminar y rematar con unos buenos pandebonos en el granero Huevo Loco del bello barrio de Bellavista donde mi amigo William. Allí confluyen al final del día muchas buenas personas después de sus jornadas laborales como obreros de la construcción o jardineros y se forman unas muy buenas reflexiones sobre el diario acontecer de nuestra tropical Colombia.

Hace poco llegue a eso de las 4:30 de la tarde y no puede dejar de escuchar una conversación entre dos respetados señores, seguramente trabajadores de la construcción.

Uno le contaba al otro: “Como ya estamos en época electoral, empezaron a llegar los bultos de cemento, los mercados, las tejas…”. Comienza a funcionar la maquinaria aceitada de los gamonales políticos. Hizo referencia a una campaña de la cual me abstengo de dar el nombre (eso sí, no era de la de Fajardo), y cómo a su cuadra le mandaron 20 bultos de cemento. Qué tristeza, empezó a moverse el ajedrez político a través de sus viejas mañas que tienen a nuestro país ‘llevado del que sabemos’. Mientras eso suceda así, seguiremos en las mismas, como dice Sergio, “voto comprado, robo asegurado”.

Finalmente la política, que debería ser para el servicio y el bienestar del pueblo, (entiéndase de la gran mayoría), no es así. Es para los intereses mezquinos de unos pocos o para favorecer a los ‘dueños del balón’, los que ponen la plata para los bultos y después recogen favores a través de jugosos contratos estatales con sus respectivos abusos: proyectos sin terminar, grandes puentes que se caen y robo en la salud, educación y cultura.

Pero lo más triste es que los que más se quejan de la situación son los mismos que no quieren un cambio, les da susto y como dice el dicho, “sigue revolcándote en el estiércol conocido”.

Colombia ha sido gobernada por los mismos por décadas para no decir siglos, solo cambia de rojo a azul y así sucesivamente. La mayoría de los nuevos partidos políticos obedecen a las mismas viejas mañas y costumbres ‘non sanctas’.

Cuando aparece alguien distinto, como Mockus o Fajardo, en el miedo del cambio los tildan de izquierdistas o castrochavistas, o es blanco o es negro. Oye chino, lector de esta columna si no quieres un cambio, vuelve al ‘mismo estiércol’.

Vivimos tiempos en que es necesario cambiar el discurso, tiempos para elevar la conciencia, tiempos para no apostarle más a la guerra sino a una paz que solo se logra en la decencia y el respeto, en la ética y lejos de la corrupción del alma y del espíritu que nos hacen inviables como sociedad. ¡Sí se puede!, ‘pensemos en todos! ¡Que viva Colombia grande y decente!

*Publicado en el Periódico Elpais.com.co con el título Veinte Bultos

Educación e Incultura




Por:  Julio César Londoño
La carta de renuncia de un profesor ha logrado medio conmover a los zombis de la educación. En cada una de las 587 palabras de la carta de Leonardo Haberkorn, profesor de comunicación de la Universidad ORT de Montevideo, se siente su vocación, su equilibrio, su dolor.

“Después de muchos, muchos años, hoy di mi última clase. Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla. Me cansé de hablar de cosas que me apasionan a muchachos que no pueden despegar la vista del teléfono… Quizá me desgasté mucho en el combate. Quizá no lo hice bien”.
Luego hace una lista de las limitaciones de sus estudiantes. No saben explicar qué pasa en Venezuela, ni en Siria, ni quién es Almagro, ni si los republicanos estadunidenses son más o menos conservadores que los demócratas.

La culpa, claro, no es de los celulares. Ni exclusiva de los estudiantes.
“Estos muchachos son inteligentes y cálidos, y sin embargo no saben lo hiriente y ofensiva que es su actitud. La culpa no es solo de ellos. La incultura y el desinterés no brotaron solos”.
Tiene razón, profesor. Los formó un modelo universal de mediocridad: la promoción exprés, profesores apáticos y padres de familia ignorantes. ¿Cuál puede ser el porcentaje de hogares en cuya mesa se sostienen conversaciones interesantes? ¿Cinco por ciento? 

“En un ejercicio en el que debían salir a buscar una noticia a la calle, una estudiante regresó con la noticia de que todavía se venden diarios y revistas en las calles”.

“Cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni está informada de los sucesos del mundo”.

“No quiero ser parte de ese círculo perverso. Renuncio. No soporto el desinterés. No soporto el silencio helado que oponen a mis preguntas. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Ellos querían que terminara la clase. Yo también. Renuncio”.

A la pésima educación, hay que agregar un fenómeno criminal: la desinformación. Los populistas hacen su agosto asperjando mierda en aerosol, o posverdad que llaman. Con argumentos chapuceros triunfó el Bréxit y se torpedea el mayor proyecto de integración internacional de la historia, la Unión Europea. Con economía chapucera un sector de Cataluña quiere desmembrar a España. Con discursos chapuceros el patán de Trump ofende a las mujeres, a los latinos, a los musulmanes, apoya a los supremacistas blancos y niega la existencia del calentamiento global. Con mentiras chapuceras los populistas colombianos aseguran que el país de Uribe, Santos y Luis Carlos Sarmiento le será entregado a la guerrilla.

¿Qué dicen ante este desastre los educadores y los líderes del mundo? Nada. Guardan bovino silencio, como los alumnos del profesor, o se engolosinan hablando de tecnologías y de Finlandia, o trampean inscribiendo en el Icfes solo sus mejores estudiantes, al estilo de algunos colegios de Cali, como el Diana Oese, o se limitan a regatear prebendas laborales, como Fecode y sus ilegibles publirreportajes. De tarde en tarde, alguien programa un seminario sobre los contenidos del pénsum, sobre qué y cómo debemos enseñar, pero nunca se formula la pregunta central: ¿Para qué educamos? ¿Vamos a formar sabios, capataces, miIlonarios, empresarios o líderes? ¿No será hora de intentar cosas sencillas y vitales, como que el estudiante sepa leer, que sea un buen ciudadano, alguien capaz de ser solidario, de fracasar y levantarse, de conversar en la mesa, leer el periódico o pegar un botón? ¿Es mucho pedir?

Tomado de elpais.com.co Titulo original Educación y Popis

Carlos Gaviria Díaz "Camino de la Patria (POEMA)