Carta a un estudiante de licenciatura. Por Jaider Espinosa Valencia, estudiante de la Maestría en Innovación Educativa, Universidad ICESI.
A mí siempre me resultó relativamente fácil contar historias. Narraba sucesos y experiencias con una facilidad pasmosa, como si las palabras encontraran solas su camino hacia afuera. Desde muy joven entendí que hablar era lo mío. Hoy no recuerdo si esa manía la adquirí de pasar horas jugando con las figuritas pequeñitas que salían en los paquetes de Yupis, creando mundos en el suelo, o si heredé esa habilidad de mi madre, quien tenía la particularidad de enseñarlo todo a través de una historia en la que, casualmente, ella siempre estaba involucrada.
He llegado a la conclusión de que para enseñar toca saber hablar y, sobre todo, tener ese deseo genuino de querer contar cosas. No creo sinceramente que un buen maestro pueda llegar a serlo sin sacarle gusto al hecho de conversar con sus estudiantes; si sabes hablar, tienes el cimiento para aprender a enseñar.
Recuerdo mis inicios, cuando todavía no estaba en un aula formal. Con mis primeros "estudiantes" hablaba sobre la transformación del mundo. Eran charlas sobre política estudiantil, sobre el desbarajuste del país en el que vivíamos y las formas, a veces tan cuestionables, en las que se tomaban las decisiones trascendentales en nuestra nación. Esas clases nunca las cobré y, a decir verdad, ellos tampoco eran exactamente alumnos, pero allí se gestó mi vocación.
En la Universidad del Valle, ser un "hablador" era casi un requisito de supervivencia. Quien no hablaba estaba en el lugar equivocado o pensaba su vida como un académico "a secas". Yo, en cambio, seguí siendo un conversador incansable en la carrera de Ciencia Política. Recuerdo que, en mis ratos libres, emprendía junto con otros colegas la odisea de visitar los colegios más importantes de la ciudad para regalar clases sobre liderazgo y consejos estudiantiles. Queríamos cambiar el mundo con palabras.
Tras graduarme de Univalle, me asaltó la preocupación de la mayoría de los mortales: ¿en qué trabajar? El "concurso docente" apareció por casualidad y cumplía con todas mis expectativas. Sin dudarlo, compré el PIN y me sumergí en un mar de exámenes psicológicos, técnicos y académicos. Estudié mucho y, aunque los exámenes se me hicieron fáciles, me sorprendió que fueran tantos. Pensé que al terminar empezaría a trabajar de inmediato, pero la realidad fue otra: duré tres años esperando una plaza en cualquier rincón del departamento. El desespero al interior de mi familia era tangible.
Cuando por fin me llamaron, el rector me recibió con mucha amabilidad y me ofreció una semana para conocer las sedes antes de empezar. Mi respuesta fue un "no" rotundo; le pedí que me enviara a un salón de inmediato, convencido de que ya habría tiempo para conocer las paredes, pero que los chicos no podían esperar más. Desde los primeros diálogos, sentí que me conecté con ellos. Lo "maluco" de empezar fueron los trámites burocráticos y las evidencias para demostrar que uno trabaja, pero el resto fue fascinante: el pueblo, mis nuevos colegas, el personal administrativo y, por supuesto, los estudiantes.
Con el transcurrir de los años, comprendí que la dedicación que uno le pone a la planeación de las clases no debería morir en las paredes del colegio. Uno termina imaginando escenarios donde la vida de los muchachos continúe en otros espacios, soñando con su futuro. ¿Cómo resolví ese deseo de verlos continuar? Empecé a hacer un esfuerzo enorme por motivarlos, por mostrarles que la educación universitaria era un camino posible para ellos.
Hoy, una de las experiencias más fascinantes es encontrarme a esos mismos chicos estudiando en las universidades del país. Ese agradecimiento que me expresan se convierte en un hálito de vida que confirma que ser profesor es una profesión gratificante y reconfortante. Aprendí que cuando validas el potencial de un estudiante mediante la empatía, el impacto de tu palabra puede trascender el tiempo.
Pero sería deshonesto decirte que todo es color de rosa. La profesión también tiene su lado amargo. Te encontrarás con colegas que ven en ti a un oponente o a un competidor. A veces me pregunto cómo se filtran en los exámenes del Estado personas que piensan que son "más profesores" que otros por sus títulos, su estrato social o sus influencias. Hay quienes no te ayudan, te dejan caer en el error y luego te juzgan con severidad. Carecen de tolerancia y, lo que es peor, de sentido del humor.
¿Cómo resolví los momentos de tensión? Entendí que aprender a tratar con ellos es parte vital de nuestra vida laboral. Decidí acoger esa realidad sin dejar que amargara mi propia práctica. Aprendí que la antipatía de otros es un límite que nos enseña a valorar nuestra propia autenticidad. Si un maestro pierde la alegría de enseñar, ¿qué les transmite a sus estudiantes?
Así que, querido colega, no pierdas nunca ese gusto por hablar y por contar historias. En ellas reside la verdadera magia de nuestra labor.
¡Muchos éxitos en este camino!


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